El Confesionario de la Lujuria

Víctimas de mi inferioridad

En una larga y oscura noche, espero tras la esquina de aquel húmedo callejón, a una chica a la que atrapar, a una chica a la que violar. No me importa si es inocente, pequeña, mayor, natal o extranjera; será mía, toda para mí. Chispea un poco, pero no me importa. Yo estoy chorreando. Estoy excitado, me provoca un morbo incontrolable poseer el cuerpo de una chica indefensa. Se oyen unos tacones. Refilan el silencio del callejón, y su eco es perceptible levemente en cualquier espacio existente en esa zona. Me asomo. Es una chica, de unos diecisiete años, de piernas y cabello largo, piel blanca y aterciopelada, de labios rojos cereza, carnosos y humedecidos por su caliente saliva adolescente. Es perfecta. Parece que se dirige hacia aquí, va a dar la vuelta a la esquina. Se está acercando, la noto, la huelo. Aquí está. Me mira y me sonríe, y sin dejar de caminar, sigue adelante. Habrá creído que soy un hombre que está esperando tranquilamente el autobús para volver a casa con su familia. Está de espaldas. La cojo, y le tapo la boca. Ya es mía, sí, ya es mía. La arrastro hacia el fondo del callejón, detrás del vertedero, y la lanzo ahí. La amordazo, y la desnudo activamente. Su cuerpo, desnudo e indefenso, está ante mí, mojado por la fina lluvia de aquella oscura noche. Su piel es blanca, incluso en el rincón más oscuro. Su vello púbico, rasurado y en una fina capa, es cautivador, un despertador para mis sentidos más perversos. Sus pechos, pequeños y tensos, incitan a ser manoseados. Me desabrocho el botón del pantalón, y me lo bajo, junto con mi ropa interior. Mi polla, flácida todavía, se erecta momentáneamente al percibir todo lo que va a poder catar. Le abro las piernas, y la penetro profundamente. Grita, pero en silencio. El celo en la boca, difumina el sonido hasta parecer casi imperceptible. Mi respiración, aumenta, y el ritmo de mis embestidas contra su vagina, todavía más. El placer, es enorme. Mi poder es absoluto. Llora, no deja de llorar. Sus lágrimas no dejan de caer por sus mejillas. Mientras sigo penetrando, chupo sus mofletes, saboreando y tragándome todas y cada una de sus lágrimas, como si de un lacrimógeno fuera. Es excitante, muy excitante, saborear su dolor. Un sabor salado, lleno de células muertas. Sigo follando, como una bestia, como un enfermo en celo, como un obseso, mientras ella, no puede hacer nada. Me corro, me corro profundamente en su interior, y suspiro. Es… magnífico. Me levanto, me subo los pantalones. La visto lentamente, y le pongo otro trozo de celo en la nariz. En pocos segundos, su pequeño e inocente cuerpo, deja de respirar, y acto seguido, muere. Miro al cielo, mientras las delicadas gotas de lluvia siguen mojando mi piel. Camino, sin mirar el destino. ¿Qué importará otra chica más? Al fin y al cabo, no es más que otra víctima de mi inferioridad.




Corazón enterrado

Quizá es un poco tarde para una taza de café, pero no puedo conciliar el sueño. Pensar en toda mi vida, me impide cerrar los ojos y olvidar. No he tenido otra salida, ¿qué más podía hacer? Cada día soportando las miradas de la ciudad, miradas que proyectaban asco, miradas que me gritaban "puta" desde lo lejos... Yo nunca quise ser esto. Todo el mundo piensa que soy una viciosa, que me aprovecho de la necesidad sexual de los demás para sacar mi propio beneficio... He escuchado gritos desde que me obligaron a entrar a este mundo, gritos que me decían que no tengo corazón, que soy un insulto para la sociedad. ¿Nadie podría haberme preguntado si es esto realmente lo que yo quiero? No... Era demasiado asqueroso hablar conmigo, mi única utilidad era saciar la lujuria de los más depravados... Ahora, cuando mis días están ya contados, cuando cada latido que da mi cuerpo es un esfuerzo, sigo estando aquí sola, en este oscuro burdel olvidado. No dejo de pensar en que yo podría haber amado, podría haberme enamorado como los demás, tener una familia, una vida diferente... Tengo corazón, y me duele mucho. Mi débil corazón, todavía puede amar, pero nadie estaría dispuesto a amarle a él. Todavía recuerdo a aquel hombre que de vez en cuando me sacaba a pasear, me hablaba como a una persona normal, me guiaba por el mundo, y me enseñaba la belleza desconocida de la humanidad. Él no pagaba por mi compañía... Mi corazón le pertenece. Ahora ya no existe, murió años atrás en un desgraciado accidente. Si el dueño del burdel me obligaba una noche a invitar a algún chico a mi habitación, adoraba como me pedía más... Pero mi corazón pertencía a aquel hombre. Oh sí, mi corazón le pertenecía, nadie sabe lo bien que me trataba... Ahora que ya no está, le sigue perteneciendo, y se lo ha llevado consigo, a la tumba... Al lugar que tanto ansío.




Abre las piernas (Nika)

Como cada noche, Ben llegaba borracho a casa, mientras su mujer y su hija lo esperaban para cenar, con los platos ya fríos en la mesa. No eran una familia muy adinerada, pero no vivían mal para los tiempos que corrían. La hija de Ben, Tati, tenía seis años, y una belleza celestial. Últimamente habían muchas discusiones, el alcohol se apoderaba de Ben todos los días, y la situación entre el matrimonio cada día iba a peor. Pero Ben y su hija compartían un secreto demasiado íntimo, que Ben le obligó a no contárselo a nadie, o el hombre del saco se la llevaría.

Cuando Tati veía entrar a su padre borracho, sabía lo que iba a ocurrir, con tan solo seis años, había vivido demasiado. Cenaban, mientras Ben miraba lujuriosamente con sus ojos rojos a su pequeña hija. Luego le decía a su mujer que iba a bañarla, y como ella estaba agotada todas las noches, no se lo negaba, al fin y al cabo, era su hija, tenía derecho a pasar buenos momentos con ella. Pero para el pervertido de Ben, esos momentos eran demasiado buenos.

Como cada noche, cogía a su hija fuerte del brazo, y la llevaba al baño. Una vez dentro, cerraba el pestillo, y proseguía con su perversa acción. "Quítate el vestido y ponte como siempre, Tati", le decía. La niña se negaba, cuando su padre hacía eso, no le gustaba nada, tenía miedo. "Ya sabes que si le dices que no a papá, el hombre del saco vendrá a por ti. Venga, quítate las braguitas y ponte como siempre, no me hagas gritar, que no nos tiene que oír mamá." Tati, temblorosa, le obedecía todas y cada una de las noches. Se quitaba las braguitas de Disney, y se quedaba en frente de su padre mientras él empezaba a masturbarse, sin saber ella por qué hacía eso y para qué servía. "Abre tus piernas, solo abre tus piernas, será un momento, luego, irás a dormir. Ya sabes que pasa si papá se enfada o si se entera mamá de todo esto, no te conviene. Venga, abre tus piernas, hija." Ella lo hacía, y él la violaba en ese baño, con la bombilla vieja y parpadeante, y con el silencio y penumbra de la noche, mientras le tapaba la boca a su hija y ella lloraba y lloraba. Luego, la duchaba y la consolaba. "Tranquila mi amor, no pasa nada. Ya ha terminado todo. Mañana más. Ahora te tomas un vasito de leche y a olvidarlo todo por hoy. Ya sabes, no cuentes nada, o el hombre del saco te llevará con él."

Pasaron meses de sufrimiento para Tati, hasta que una lluviosa noche, la mujer de Ben escuchó los sollozos ahogados de su pequeña en el interior del baño. Echó la puerta abajo como pudo, y contempló aquella macabra escena. Estalló en llantos e intentó coger el móvil para llamar a la policía. No tuvo tiempo para hacerlo. Ben ya estaba estrangulándola, mientras Tati lloraba en el suelo. A los pocos segundos, la madre de la pequeña murió a manos de su padre, ante sus pequeños ojos. Ben se giró, y la miró maliciosamente. "Te avisé, te dije que no hicieras ruído, que no dijeras nada. Ahora el hombre del saco vendrá a por ti." Ben salió disparado hacia un armario, cogió un viejo saco donde guardaba ropa vieja, y metió a la niña dentro. Lo cerro con todas sus fuerzas, mientras su hija le suplicaba que no le hiciera daño. A los minutos, reinó el silencio en la casa. El saco ya no se movía, Tati y su madre habían muerto ahogadas, en un sufrimiento extremo. La mujer de Ben todavía no había vivido, y su hija de seis años, había vivido demasiadas cosas en tan poco tiempo. El pervertido echó sus cadáveres en el fondo del mar, y siguió su vida tranquilamente, con su lujuria y su vicio interior, que para muchos podría haber sido una tortura, pero para él siempre es y será una bendición disfrutar de su enfermedad.




Cuando la Luna ilumina mi ciudad

Cuando la Luna, sola en un espacio infinito, tiene la extraña oportunidad de iluminar mi ciudad, ya sea porque las nubes por un acto de generosidad, se lo permiten, o porque ella misma se siente con la esperanza de poder dar a luz algo mejor que las anteriores veces, ahí está, quieta y misteriosa, dando a conocer la magia negra que ocultan las oscuras y solitarias calles de mi villa. Se perfila la sombra de humos claros, provenientes de sucios y putrefactos porros, ajustados a la dentadura desgastada de drogadictos, jóvenes, ancianos, e incluso niños. Ya no se escuchan a los viejos grillos que en el pasado daban banda sonora a nuestros sueños. Ahora se escuchan gritos, gemidos de un placer prohibido, insultos, y algún que otro llanto de un perro atropellado por un turismo a la deriva. Se perfilan sombras de parejas copulando como si se terminase el mundo en las esquinas de los callejones sin salida más sucios, sudando adrenalina y alejándose de las malas sensaciones. Por cualquier plaza, la Luna ilumina alguna que otra pelea, siempre, de fuertes pegando a débiles, disfrutando con sus gritos de dolor y de sus riachuelos de sangre nasal. Por la avenida principal, puede escuchar alguna que otra alarma del viejo coche de un agricultor, al cual le han robado todo lo que había en su interior aquellos que corren hacia la calle paralela. Llega un punto, en el que el blanco astro, pierde ya toda esperanza, y decide, poco a poco, debido a su excesiva carga, marcharse, para darle paso a su hermano, el Sol. Mientras ella se va, él llega, iluminando vasos rotos, condones usados, sangre reseca, un silencio sepulcral, y una imagen cotidiana. Él es el fuerte. Se atreve a iluminar durante horas y horas el mal del mundo, mientras que la pobre Luna, sigue creyendo que algún día, todo mejorará. El Sol ve la parte buena de la ciudad. La gente que trabaja, los niños que van al colegio, las terrazas llenas de risas y abrazos, y ahora, ya en mayo, cada vez se tarda más en ir, mientras que la olvidada Luna, ilumina la cobardía del ser humano, por actuar cuando no se le ve. Solo ella. Qué bello y esperanzador astro. Buenas noches y dulces sueños.



El violador

Una oscura noche, una chica llamada Tara, fue a trabajar al burdel, como hacía normalmente. Se cambió de ropa en el vestíbulo, y se fue a la habitación a esperar a los clientes que la utilizarían. Las horas pasaban lentamente allí. Los papeles de las paredes sucios y algo despegados por las esquinas no ayudaban a hacer más agradable el ambiente, pero al fin y al cabo, no importaba. Los pervertidos iban allí a lo que iban, no a fijarse en la decoración. La tenue luz iluminaba débilmente las sábanas rojas, y las cortinas pesadas parecían pegadas a la ventana, de tanto tiempo que había pasado desde que se abrieron por última vez. En el ambiente había un ligero olor a perfume, evidentemente, era el de Tara, aunque se podía oler la suciedad y el vicio del edificio bajo la dulce fragancia de frutas exóticas que cubría el cuello de la chica.

Pronto llamaron a la puerta. Era un cliente. Tara pensó que por fin tendría algo de dinero para comprarle el regalo de cumpleaños a su hija. El hombre entró. Vestía de negro, y una bufanda marrón bastante vieja cubría su cuello. Se deshizo de sus ropas, desnudó violentamente a Tara, y le pegó hasta dejarle roja la piel. Luego, le abrió violentamente las piernas mientras ella gritaba, y la violó. Nadie la escuchaba, sus lamentos se ahogaban en aquella habitación. El hombre eyaculó, le dio una última bofetada, y se largó. A la mañana siguiente, un pequeño rayo de sol se filtró a través de las cortinas. Tara abrió sus ojos. Fue al baño y se limpió la sangre de la cara. No le contó a nadie lo que ocurrió, no pudo hacerlo.

Cuando vino el médico a chequear a las trabajadoras del burdel, le detectó el SIDA a Tara. Dos meses más tarde, murió, sola. Con todo el dinero que había ganado, pagaron su funeral. Su hija terminó en un orfanato. Su tumba fue humilde y poco vistosa. Nadie iba a visitarla. Mientras tanto, el violador, siguió su vida felizmente, y nada pudo cambiarlo. Nada.



Neón

Me han follado por el culo. Sus pieles olían a sudor rancio. Escupían su sucia salvia en su polla, y luego me lo metían sin pensar ni darse cuenta de que me dolía. Al fin y al cabo, tenía que contener mis lágrimas, estaba obligada a eso, era mi trabajo.

Todas las corridas nocturnas que me he tenido que tragar, todas esos pollas sucias que violentamente me han obligado a comer, todos esos pervertidos que han hecho de mí lo que han querido, he sido la herramienta donde han descargado su parte más deleznable. Todos esos que tienen esposa e hijos, y vienen a maltratarme cada noche para saciar de una forma placentera su enfermedad oculta.

He hecho tantas cosas en mi vida, que me siento enferma.

Tantas son las mañanas, que después de trabajar, he tenido que salir a vomitar a la calle. ¿De verdad me ha tocado esta vida? De todas formas, ya no la quiero.

He tenido la esperanza de que el burdel fracase, que cierre, que dejen de hacerme sufrir, yo no quiero esto.

Pero por mucho que yo lo desee, las luces de neón, siempre ganan.




Soy una simple puta

Bajo aquel oscuro puente,
frente a todas las miradas,
haré todo lo que me pidas,
si con dinero me pagas...

Con mis viejos vaqueros rotos,
de SIDA estoy enferma,
pero si me das tu dinero,
me tragaré tu esperma...

Con mi mandíbula rota,
aún tengo marcas de acné,
y ya me han follado en baños,
en sitios que nunca pensé...

Soy solo un trozo de carne,
para que complazcas tu diversión,
puedes bajarme los pantalones,
y metérmela sin compasión...

Soy una simple puta,
que si pagas te la chupa,
haré todo lo que quieras,
mientras tu mujer te espera...

Y cuando me haga vieja,
me casaré con un hombre cualquiera,
y mi marido se follará,
a la niña que un día fui...

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